El país que no ha dejado de sembrar: Colombia entre raíces y cacerolas

Por: krak | 04·12·2019
Documento: 3 minuto de lectura
Por: Daniela González

Con mi voz de mujer voy a hablar. Como la niña que creció con un mensaje de miedo, voy a hablar. Como la joven que está desmantelando su niñez, apoderándose de las espinas y sembrando fuerza en la creciente valentía de sus hermanas. De esta manera voy a hablar.

No soy de Bogotá. Yo vivo en la capital, porque la «educación de calidad» no cubre más campo que los centros urbanos —empezando por ahí—. Estoy aquí sin mi familia, pero con lo que significa ‘ser de pueblo’, de calles sin asfalto, de gente que ‘trabaja bajo el sol’.

Haré uso de aquella frase que aparece, y grita, en las pancartas desde el 21 de noviembre: «nos quisieron enterrar, pero no sabían que éramos semillas». Sí, desde que este país dolido nació se han enterrado semillas, una detrás de otra, gota roja por gota roja. En el campo, en la sierra, en la selva, en el camino hasta llegar a la ciudad; no hay territorio colombiano sin cuerpos valientes germinando bajo tierra.

Seguiré citando, pues no en vano las letras en las calles están cantando. «Nos robaron tanto, que terminaron robándonos el miedo». Miedo, esa mordaza que por años se ha vivido en esta tierra roja. Ese zumbido y eterno sonar de casquetes que ha herido las paredes de nuestras casas. Ese miedo que se vive en cada río, en cada montaña, en cada curva de la carretera hasta llegar nuevamente a la ciudad. Esta vez se sembrará, esta vez la siembra se hará desde el vientre del pueblo colombiano.   

A las calles, en bloques y con voces más fuertes que cualquier ejército, hemos salido todas las mujeres. En primera fila, salimos las mujeres que han abusado y matado, así, sin eufemismos. Detrás de ellas venimos las que seguimos dando pasos en contra del mensaje de culpa, las que tienen su pañoleta morada o verde, las que cortan su cabello como quieren, las que usan minifalda, botas o lo que sea. En cada una de las filas estamos todas, y también está el despertar y el grito que por años se ha dado, ese grito de ‘jaguara’ que golpea las paredes negras de las mujeres que aún tienen la carga del miedo. Con más valentía que cualquiera, todas estamos rugiendo: «La culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía».

¿Callar? ¿para qué callar? No es mentira que se acabó el miedo, no es mentira el quejido de las cacerolas, no es mentira el barullo en las calles, no es mentira lo qué está pasando. ¡No es mentira que ya no hay más sangre para derramar!

Nos han robado la salud a todos, han ocultado la dignidad del pueblo, han usurpado la vida, se han apoderado del pasado, del presente y el futuro, han destruido el campo colombiano, han justificado las armas, han cubierto los recursos naturales con papel verde, han pasado por encima de su jefe, es decir, el pueblo. Rehúsan, sobre todas las cosas, el poder constructivo de la educación. Esto retumba en las paredes de cada casa. No es una generación, son todas. No son solo los hombres, la constante fuerza de las mujeres también está en las calles. No son solo los jóvenes, los niños y niñas también están caminando con cacerolas. No son solo los adultos, nuestros abuelos están cantando por sus nietos.

Ya era hora.  Las raíces ya están cubriendo esta nueva tierra. Están en la huerta cacera del campesino colombiano, en sus fincas y sus reservas naturales, en el agua, los surcos y ríos vivos, y en los cultivos de papa, yuca, maíz y frijol. También están en los resguardos indígenas, en sus visiones y cosmologías, y en lo que unidos representan: la resistencia ancestral.

Desde el corazón de este, nuestro país, la voz de la lucha inunda la niñez, la juventud, la adultez y la vejez. Inunda las escuelas y las universidades, las casas de trabajo, y las artes: música, teatro, canto, letras, artesanía y pintura. Esta voz viene del que no habla, del que no ve, del que no escucha. Esta voz es el fruto de la semilla en la tierra, es el amor que suspiraron los ojos del padre antes de caer al suelo, es el amor con el que hija y madre se despiden sabiendo que el vientre fuerte de la mujer no lleva la culpa, es el amor con que se lucha por la montaña y por el agua, es el amor con que los niños regalan una rosa al policía, es el amor con el que se escriben las pancartas, es el amor con que se caminan las calles, es el amor que hay detrás del miedo. Es la valentía por amar un país que no termina de saberse ‘hermano’. 

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