La tragedia desconocida de un colombiano preso en Tanzania

Por: krak | 10·09·2019
Documento: 15 minutos de lectura
Por Andrés Felipe Giraldo L.

Andrés Felipe Ballesteros Uribe tiene 33 años recién cumplidos. Es colombiano y los últimos cinco años de su vida ha estado preso en una miserable cárcel de Tanzania. Pocos en Colombia están enterados. Muy pocos. Quizá sus familiares, algunos amigos, funcionarios del servicio de relaciones exteriores del país y un puñado de personajes nacionales y extranjeros que poco han podido hacer para que la mala fortuna de Andrés Felipe cambie.

En agosto de 2014 aterrizó en el aeropuerto de la ciudad más poblada de Tanzania que se llama Dar es-Salam (remanso de paz en español) para celebrar su cumpleaños 28 en las populares playas de ese país en la costa del océano Índico. Andrés Felipe es un viajero compulsivo, de esos jóvenes a los que no les va a alcanzar la vida para conocer todo lo que desean y viven con un morral al hombro y unos pasajes en la mano con destino a cualquier lugar, de preferencia tierras exóticas. Ahora solo le interesa un tiquete, el que le dé la libertad para regresar con los suyos.

Al pasar por los controles migratorios del aeropuerto de Dar es-Salam, policías locales lo aislaron de los demás pasajeros, confinándolo en una habitación pestilente. Andrés Felipe no entendía qué estaba pasando, los policías lo increpaban en un idioma incomprensible para él y no alcanzaba a dimensionar la pesadilla en la que estaba cayendo y de la cual aún no puede despertar. Lo acusaban de ingresar droga a Tanzania. Nunca supo si la supuesta droga fue encontrada en su equipaje o en alguna de sus prendas, no supo qué clase de droga era y jamás supo en qué cantidad. Nunca conoció los detalles del delito del que lo inculpaban, solo sabía que era algo grave, porque la cara de los policías con los ojos desorbitados y el crujir de los dientes blancos detrás de sus labios negros no le dejaban mucho margen a la incertidumbre sobre lo que vendría. Pero sabía que sería malo. Muy malo.

Desde ese agosto maldito de 2014, Andrés Felipe ha estado encerrado en la cárcel de Keko, una prisión de condiciones infrahumanas para los mil seiscientos reclusos que se encuentran privados de la libertad allí, muchos de ellos sin que siquiera se les haya adelantado un juicio o sin conocer sus cargos, soportando temperaturas de más de cuarenta grados centígrados a la sombra, sin agua y sin alimentos, a no ser que sean los propios familiares o amigos quienes se hagan cargo de suministrarles elementos básicos para sobrevivir.

Su hermano, Juan Carlos Ballesteros, quien ha asumido el caso de Andrés Felipe como si fuera propio y la voz principal detrás de este relato, apenas pudo viajar a Tanzania para ver a su hermano en mayo de 2015, es decir, nueve meses después de su aprehensión. Las sensaciones que le quedaron en ese primer viaje fueron terribles, no solo por las condiciones deplorables en las que encontró a su hermano menor, sino porque notó desde el primer minuto que en Tanzania la justicia es simplemente inexistente y solo hace parte de la gran cadena de podredumbre y corrupción que permea a gran parte de la sociedad tanzana.

En primer lugar, el abogado que contrataron para la defensa de su hermano, en teoría un reputado jurista de Tanzania, no asumió el caso con el profesionalismo debido, dejando las diligencias en manos de subalternos inexpertos, lo que agravó la situación jurídica de Andrés Felipe que no contó con una defensa adecuada desde el principio. Este abogado abandonó el caso con los bolsillos llenos y ningún resultado, dejando malograda la defensa del menor de los Ballesteros Uribe, que pasó por varios abogados de oficio, cada uno menos diligente que el anterior. En segundo lugar, el consulado de Colombia en Nairobi, Kenia, que ha estado al frente del caso por parte del gobierno colombiano como representación diplomática en esa región de África, ha sido en extremo cauto al manejar las relaciones ante el gobierno de Tanzania con un respeto estricto de la separación de poderes en un país de una institucionalidad débil, permeable y corrupta como lo es el Estado de Tanzania. Por lo tanto, a pesar de la buena voluntad de la Embajadora Elizabeth Taylor y del Cónsul Rafael Medina, que han acompañado en la medida de sus posibilidades y competencias el caso de Andrés Felipe Ballesteros, la diplomacia colombiana no ha obtenido resultados en pro de la libertad del reo, que sin condena alguna ya empieza el sexto año de su calvario.

Para darle más dramatismo a esta novela inverosímil de la vida real, el pasado 14 de junio de 2019 por fin brilló una leve luz de esperanza para Andrés Felipe. Pero como si fuera una luciérnaga en vuelo, a punto de morir, fue tan solo un destello que rápidamente se apagó. El juicio de Andrés Felipe, que por fin se llevó a cabo después de cinco años, gracias a la presión del consulado de Colombia y por las gestiones persistentes de Juan Carlos, tuvo un final inesperado.

El juez Hon Matupa, considerado dentro de la opinión pública tanzana como un administrador de justicia serio e imparcial, dictó el fallo absolutorio en favor del procesado Ballesteros Uribe porque la fiscalía levantó los cargos, debido a las evidentes inconsistencias del caso, entre éstas, que en los informes policiales no coincidían las cantidades de droga que supuestamente el sindicado había ingresado a Tanzania.

La libertad fue apenas una ilusión, un momento de felicidad cruelmente interrumpido por otra absurda decisión, un despertar aparente que rápidamente volvió a ser pesadilla. Las autoridades policiales que estaban presentes en el juicio le pidieron a Andrés Felipe Ballesteros acompañarlos de nuevo “de manera preventiva”, lo que no significaba nada distinto que la fabricación de nuevos cargos y empezar todo desde ceros, como si esos cinco años, un eterno y lacerante lustro, jamás hubiesen transcurrido.

¿Por qué? Nadie lo sabe. Andrés Felipe no habría tenido tiempo para delinquir en el cortísimo tiempo de libertad que tuvo. Otra decisión absurda y arbitraria de las corruptas autoridades tanzanas. Con una sentencia al menos sabría cuánto tiempo, por mucho que fuese, le quedaría en ese infierno llamado Keko, la prisión estatal de Dar es-Salam. Sin asesoría legal adecuada, el reo tampoco atinó a interponer un habeas corpus que hubiese garantizado su libertad, al menos por el tiempo suficiente para pedir ayuda legal y diplomática. Andrés Felipe cayó de nuevo sin la menor resistencia en la telaraña cruel de la corrupción judicial tanzana que lo tiene como un botín preciado a la espera de rescate.

El hermano de Andrés Felipe nos compartió un video corto que editamos para su publicación, en el que se evidencia su emoción al ser liberado de cargos. Sin embargo, él sabía que sería nuevamente apresado como se puede inferir del diálogo.

También presentamos el documento oficial del pasado 14 de junio mediante el cual el juez Matupa ordena la libertad inmediata de Andrés Felipe Ballesteros procesado por narcotráfico en Tanzania porque la Fiscalía desiste de continuar con el proceso y levanta los cargos:

Traducción de la parte sustancial:

La Corte es informada por el Director de Fiscalía Pública que ya no procederá con el procesamiento de este caso y por lo tanto desea entrar en Nolle Prosequi (expresión en latín para entrar en suspensión de la causa. Fuera de texto).

Orden:

De acuerdo con la decisión del Director de Fiscalía Pública de entrar en Nolle Prosequi bajo la sección 91 (1) de la ley de procedimiento criminal, al acusado se le levantan los cargos por el delito de narcotráfico que es contrario a la sección 16 (1) (b) de la ley de Drogas y Prevención del tráfico ilícito de drogas Cap. 95 del 2002, edición revisada de las leyes de Tanzania por las cuales se le presentaron cargos. Él deberá ser liberado de custodia inmediatamente.

Juan Carlos Ballesteros explica que el modus operandi de la corrupción de la justicia (así, en minúscula) en Tanzania con los extranjeros es más o menos estándar: esperan para capturar pasajeros de manera aleatoria en el aeropuerto de Dar es-Salam, el más grande y transitado del país, y les formulan cargos infundados a la espera de que los familiares o las representaciones diplomáticas de los caídos en desgracia paguen fuertes sumas de dinero por la libertad de los encartados. El requisito principal para cada víctima del entramado corrupto de la justicia tanzana es que el viajero sea de raza blanca y que al menos, en apariencia, tenga dinero. Y blanco para ellos, según Ballesteros, es cualquiera que no sea negro. Juan Carlos recuerda con tristeza e indignación los casos de Michael de Indonesia, quien lleva siete años privado de la libertad sin juicio y apenas tiene 29 y el de Anastasius “Thanus” de Grecia, condenado el agosto que acaba de pasar a 20 años de prisión de manera injusta, según su parecer. Teme por sobradas razones que Andrés Felipe corra igual o peor suerte que ellos dos.

Así pues, nos encontramos ante el caso de un colombiano caído en desgracia muy lejos de su país y de los suyos, olvidado por los medios de comunicación nacionales e internacionales, ignorado por los organismos de Derechos Humanos, en una zona recóndita del mundo en donde el idioma oficial, el suajili o swahili, es una jerigonza incomprensible para cualquier persona formada en lenguas de origen latino, y el inglés, el otro idioma oficial de Tanzania por haber sido colonia británica, se utiliza convenientemente solo cuando quieren que algo sea entendido por el reo y sus acudientes colombianos. A todo esto se suman como agravantes las condiciones infrahumanas de una prisión hostil, un clima insoportable y un trato degradante por parte de las autoridades carcelarias que ven a los presos como simples bultos que no se pueden fugar, sin más consideración que verificar de vez en cuando que aún respiren.

Ante todas estas condiciones adversas, que serían una especie de Goliat inmenso parado sobre la libertad, dignidad, integridad y vida de Andrés Felipe, se defiende un diminuto David representado por el consulado de Colombia en Nairobi y los esfuerzos persistentes y sacrificados de Juan Carlos para lograr la libertad de su hermano. Juan Carlos ha hecho todas las gestiones que han estado a su alcance para obtener la libertad de Andrés Felipe en Tanzania y en Colombia. Su fe católica y su militancia laica en los Carmelitas Descalzos lo ha llevado a acudir a los jerarcas de la iglesia para abogar por la situación de Andrés Felipe y esto le ha permitido hacer visible el caso ante las autoridades de alto nivel de Tanzania, que, a pesar de no haber actuado hasta el momento, ya están enterados sobre la existencia de un colombiano privado de la libertad dentro de su territorio. Juan Carlos habló personalmente con el cardenal Pengo en Dar es-Salam, de quien dicen los entendidos de la política tanzana, le habla al oído el presidente Magufuli, actual primer mandatario de la nación de Tanzania. El mayor de los Ballesteros Uribe tiene la firme esperanza de que tarde o temprano estas gestiones van a repercutir en el bienestar de su hermano y, ojalá, en su tan anhelada libertad.

Lo más triste de esta historia aún no se ha contado. Cuando Andrés Felipe salió de su casa en Cali, Colombia, para emprender la celebración aventurera de su cumpleaños 28, dejó en casa a su compañera y a su bebé de apenas cuatro meses de edad en ese momento. Esa fue la última vez que el menor de los Ballesteros vio a su pequeño hijo Nikolay, ahora un niño de cinco años que recuerda el rostro de su papá gracias a las fotografías que reposan en los marcos de la casa y a las imágenes que su madre le muestra en el computador y en el celular. Nikolay solo ha hablado una vez con su padre por teléfono y fue el pasado mes de junio de 2019, una llamada corta y controlada por las autoridades carcelarias de la prisión de Keko. Al terminar la llamada, Nikolay expresó muy emocionado y con una sonrisa entre los labios “mi papi es genial”. Andrés Felipe está privado de la libertad y Nikolay está privado del derecho que le asiste a todo niño de tener un padre presente. Además de Nikolay, Andrés Felipe también tiene una hija de doce años, Valentina, producto de una relación anterior, que está a cargo de su madre y que también extraña a su padre.

Según Juan Carlos, a Andrés Felipe lo mantienen vivo el profundo amor que siente por sus hijos y la introspección profunda que hace crecer su fe y su esperanza, fortaleciendo así la resistencia del espíritu. Además, se ha convertido en un apoyo imprescindible para sus compañeros de cautiverio. Y sin duda, lo ha mantenido vivo el amor fraternal de Juan Carlos que lo ha visitado tres veces, cada dos años en promedio (2015, 2017 y 2019), y quien espera con toda su fe que la próxima vez que le vea sea para sacarlo de la cárcel, porque finalmente se ha hecho justicia en su caso o, para decirlo de otro modo, que al menos habrán cesado tantas injusticias de las que ha sido víctima durante estos largos y crueles años su hermanito menor, como aún le dice con cariño.

En Krak buscamos contrastar la información brindada por Juan Carlos Ballesteros con la Embajada de Colombia en Nairobi para redactar esta historia con un cuestionario de trece preguntas que enviamos el pasado mes de julio en el cual indagamos por tres aspectos principales: La situación jurídica de Andrés Felipe Ballesteros, el acompañamiento diplomático y judicial del Consulado de Colombia en este caso, y la situación con respecto de la protección de los Derechos Humanos de este ciudadano colombiano. La Embajadora de manera cordial y siempre atenta respondió que efectivamente el ciudadano por el cual se solicitaba la información llevaba más de cinco años detenido en Tanzania, pero que no era posible suministrar datos puntuales del caso sin autorización de Ballesteros Uribe por ser un proceso aún en curso. También señaló que era el único colombiano preso en esa zona de África del que tuviesen reporte.

Juan Carlos Ballesteros clama por la libertad de Andrés Felipe quien, según él, merece una decisión definitiva sin más arbitrariedades ni dilaciones por parte de las autoridades tanzanas, en cumplimiento y respeto a todos los convenios y tratados internacionales sobre el respeto a los Derechos Humanos y el debido proceso. Juan Carlos no duda de la inocencia de su hermano, lo que además está soportado por un primer fallo judicial de la justicia tanzana cuya carta oficial anexamos en este informe especial.

De acuerdo con el portal web de la organización Colombianos en el Exterior y Retornados, hasta diciembre de 2018 había 18.202 colombianos detenidos en cárceles extranjeras, de los cuales 15.886 son hombres y 2.314 mujeres, distribuidos en más de sesenta países alrededor del mundo. Dentro de este panorama tan desolador, Andrés Felipe Ballesteros Uribe solo es una cifra más. Sin embargo, cualquier persona privada de la libertad merece justicia. La arbitrariedad de las autoridades tanzanas hace pensar que en este caso no la hay. A la injusticia, se suma la apatía de los organismos internacionales y nacionales y la falta de resultados de la gestión de la Embajada y el Consulado de Colombia en Kenia, que han sido diligentes pero ineficaces.

Los días de Andrés Felipe transcurren entre el calor, el hambre y la sed, sus familiares perdieron contacto con él hace más de un mes y todos los días sufren sin saber cuánto más podrá resistir en condiciones tan crueles, inhumanas e injustas. Por eso grabaron hace poco este video subtitulado en swahili para conmover a la sociedad tanzana. La familia de Andrés Felipe confía en que, como la historia bíblica, una vez más David derrote a Goliat y así poder consolidar la unidad fraternal de los Ballesteros Uribe para que esta experiencia tan difícil sea solo un mal recuerdo en poco tiempo.

Las imágenes del menor Nikolay Joseph Ballesteros se publican con autorización expresa de sus familiares.


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