Marta recicla por vocación

Por: krak | 18·07·2019
Documento: 6 minutos de lectura
La paga es terrible, no se lo voy a negar. Si yo sigo aquí es por gusto”. A pesar del esfuerzo, los malos olores y el poco dinero que recibe Marta en una jornada de reciclaje, sigue haciéndolo como muestra de gratitud al páramo que la vio crecer.
Por: Néstor Martínez Gutiérrez

Para Marta Bautista Gómez el día comienza mucho antes de que aparezcan los primeros rayos del sol. A las cuatro de la mañana ya está despierta, preparándose para la jornada. A fin de activarse, toma un baño rápido con agua fría y un desayuno ligero. Se coloca sus botas, guantes, tapabocas, el atuendo de trabajo y la cachucha para protegerse del sol, ahora ausente, pero que picará intensamente en unas horas. 

Al salir, la recibe el viento de las cinco de la mañana, tan frío que quema los pómulos, pero se ve obligada a soportarlo mientras espera que abran el garaje donde guarda su triciclo de carga, servicio por el que paga algunos pesos. Una vez con él se vuelven soportables las bajas temperaturas, pues la energía que se requiere para mover el vehículo hace sudar. 

Dos años atrás, ella y su esposo decidieron ser recicladores independientes, no asociados a entidad alguna porque según ellos conseguir el carnet que los certifica como tales era muy tedioso y, como en casi cualquier trabajo, había rosca. El objetivo de la pareja era aumentar los ingresos familiares, pero al poco tiempo su esposo decidió retirarse porque, en las arduas jornadas, no habían logrado si quiera recuperar la inversión del triciclo que les costó 300.000. Se cansó porque  el esfuerzo invertido no justificaba la precaria remuneración.

Actualmente en las casas recicladoras le pagan a doña Marta mil pesos por el kilo de botellas de plástico, dos mil por el de latas y 300 pesos por el de cartón o el de bolsas plásticas. Lo más remunerado es el cobre, encontrado en cables y electrodomésticos, por ser un material escaso en las basuras bogotanas, el kilo de este material cuesta ocho mil pesos, pero llegar a esta meta es casi imposible en un día de trabajo.


Llenar esta bolsa que lleva consigo le da entre 8000 y 15000 pesos dependiendo del tipo de material recogido. La mayor cantidad de dinero que logró hacer en una de sus jornadas de seis horas, fue de cuarenta mil pesos. Tuvo que llenar tres bolsas.

La paga es terrible, no se lo voy a negar. Si yo sigo aquí es por gusto.”, dice la señora Marta. Lo que la impulsa a madrugar, a desgastarse físicamente y soportar las malas miradas es la tranquilidad interior de estar haciendo algo por el medio ambiente “Me gusta recoger todo como para que no vaya a los caños, para devolverle al planeta lo que me ha dado. Yo, vaya a donde vaya, incluso en el campo, llevo una bolsa y recojo basura, aunque me critiquen mis hijos”. 

Su cariño por la naturaleza nació en su niñez al vivir rodeada de la belleza del páramo San José del Gacal, en el que creció. Lo recuerda lleno de frailejones y nacederos, que son una especie de lagos que sirven como fábrica natural de agua, la cual es usada para beber y bañarse. Vivió en San José del Gacal hasta los ocho años, y lo volvió a visitar 30 años después para darse cuenta que muchos de los nacederos habían desaparecido y los frailejones reducido su población, al igual que las frutas que sirven para alimentar a los pájaros. Le dolió que aquel santuario estuviera en tan mal estado. “Eso me hizo reflexionar, sé que yo sola no voy a poder cambiar nada, pero ayudaré con lo que pueda”. 

La zona por la que recicla abarca los barrios Compartir y Bilbao de Suba, en un trayecto que tarda de cinco a seis horas en recorrer, buscando lo que pueda servir en los shutes de basura que van apareciendo en el camino. Trabaja los lunes, miércoles y sábados en dos jornadas, la de la mañana (5 a.m. a 8 a.m.) y la de la noche (6:00 p.m. a 10 p.m.). 

Marta reconoce que lidiar con basura no es nada fácil. Lo que ella disfruta es sentir que está aportando en reducir la contaminación, pero la actividad en sí le ha generado desagrado en varias ocasiones. Ha encontrado botellas de detergentes llenas de orines, bolsas con vómito y excremento y otros contenedores con otros fluidos corporales. Además, algo que le molesta mucho es encontrar aceites de cocina o arena para gato regados por la caneca, pues esto arruina muchos de los elementos a reciclar. 

Ha tenido problemas también con los vendedores de frituras en puestos callejeros, porque el tratamiento de sus desechos no tiene control alguno y botan todo el aceite quemado en los árboles que encuentran. Esta grasa termina formando un tapete que impide el paso del agua y va matando a la planta. Cuando los ha enfrentado por esto le responden cosas como “No sea lambona” o “¿A usted qué le importa?”. Marta cree que en estos casos falta mayor actuación de las autoridades quienes podrían ejercer multas ambientales, por ejemplo. 
Otra cosa que le molesta es encontrar ropa nueva, zapatos y electrodomésticos en buen estado. Piensa: “¿Por qué la gente no los dona? Esto no se recicla y sí que contamina, ¿cuánto demorará una suela de zapato en descomponerse en un botadero?”

Los inmigrantes venezolanos han visto en el reciclaje independiente una salida a la escasez económica por lo que, hoy día, existen muchas personas ejerciendo este oficio y hay una disputa por el territorio. Por esta situación es que Marta redujo su jornada nocturna porque antes era tanta la basura que trabajaba hasta la una o dos de la mañana. 
Alguna vez, cuando abrió una caneca, un reciclador le dijo: “Quieta, esa es mi basura. No la toque” a lo que ella respondió: “A ver, muéstreme la escritura de propiedad”. El hombre se alejó maldiciendo con una mirada de ira en sus ojos. Esta situación no le gustó para nada a Marta, así que decidió cambiar las cosas: que el poseer se transformara en un compartir. Entonces cuando tenía mucho material reciclado se lo regalaba a los novatos y les enseñaba cómo ser más rápidos y eficaces en los procesos. Por esta actitud, ella se convirtió en amiga de sus colegas, quienes le donaban parte de su reciclaje cuando la veían en problemas y viceversa.

Al final de una jornada llegó a la zona de bares donde es amiga de los dueños. Dejó su triciclo con la bolsa afuera mientras recogía el material que recolectan para ella. Al salir de uno de los bares, vio a un joven sucio,  colgándose su costal en la espalda y alejándose con todo el trabajo que ella hizo ese día. Marta le dijo: “Ey ese es mi costal” y el muchacho echó a correr. En ese momento no sintió rabia, sino algo de risa, le pareció muy pintoresca la escena. 

Más adelante se encontró con el muchacho y le dijo: “Usted fue el que se robó mi costal ¿no?, que berraco”. “Perdón sumercé, tenía hambre”, respondió el joven. Marta le dio una fruta y le dijo: “No se preocupe mijito, Dios lo bendiga”. 

El reciclaje se ha convertido para ella en un hobbie principalmente, el dinero del hogar viene de sus otros trabajos cuidando bebés en casas de particulares y haciendo el aseo en las oficinas de Krak Media y Lever. 

El oficio del reciclador, además de ser indispensable para la salud de la población y el medio ambiente, es arduo y mal pago. También es mal visto por muchos individuos que creen que el hecho de que una persona esté cerca de la basura la hace automáticamente sucia. Al comienzo miraban a Marta con asco pero ella ha demostrado con su buen trato y la pulcritud de su trabajo, que esta profesión es un oficio digno como cualquier otro, y se ha ganado el cariño de las personas.

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