SALUD MENTAL Y PUEBLOS INDÍGENAS: Otras maneras de entender el trastorno y el tratamiento

Por: krak | 25·11·2019
Documento: 10 minutos de lectura
Por: Vivian Martínez Díaz

La salud mental es un terreno ciertamente disputado. Diferentes actores, instituciones internacionales, Estados, organizaciones sociales y comunidades moldean los significados que se le atribuyen a esta, y definen qué constituye la «enfermedad», el «trastorno mental» y el «tratamiento». Algunos cuestionan los modelos de atención en salud mental basados en la reducción de estos términos a lo biomédico, así como la hegemonía histórica de terapias farmacológicas, electroconvulsivas y de psicocirugía. Otros le han apostado a identificar las dimensiones sociales, económicas y culturales de los trastornos mentales. Mediante esto generan formas alternativas de convivir con la depresión, la ansiedad, el estrés y el trauma, que se ajustan a las prácticas y creencias de las personas y los colectivos. Asimismo, existen actores que rechazan fenómenos globales como el consumo excesivo de medicamentos psiquiátricos y el rol de las industrias farmacéuticas en esto, los discursos dominantes de la psiquiatría que asumen a los pacientes como sujetos «dependientes», «vulnerables» e «incapaces», y la violación de los derechos humanos de quienes se encuentran recluidos en instituciones de salud mental.

En el campo contestado que resulta ser la salud mental, los pueblos indígenas presentan experiencias diversas de la enfermedad y «lo mental», y proponen tratamientos alternativos que exceden y se complementan con los modelos biomédicos generalmente inspirados por el paradigma occidental-moderno de conocimiento. Simultáneamente, los indígenas han dado cuenta de sus vivencias en la relación cotidiana con psiquiatras, psicólogos e instituciones médicas, y se han pronunciado sobre las tensiones entre sus propias apreciaciones sobre el malestar psicológico y las perspectivas científicas del bienestar físico y mental.

El correlato de lo anterior es un conjunto de realidades crueles que hace que los indígenas sean más propensos a sufrir trastornos mentales. Las realidades a las que aludimos son las siguientes: la desigualdad económica y la pobreza, la expropiación de los territorios, el extractivismo, la destrucción de recursos naturales, la violencia provocada por el crimen organizado y los Estados, los conflictos armados, y las agresiones físicas, sexuales y psicológicas contra mujeres, niñas, niños, jóvenes y adultos mayores. La migración nacional y transnacional y el asentamiento de familias indígenas en las ciudades, su lucha por el sustento económico en el espacio urbano, y la consecuente discriminación y exclusión política no solo ocasionan estos trastornos, sino también las adicciones y los suicidios.

En este artículo mostramos algunos aspectos de la situación de la salud mental de los pueblos indígenas, su entendimiento de esta y sus modos de tratamiento.

La salud mental entre los pueblos indígenas: la importancia del contexto económico, social y cultural

La salud mental se ha convertido en un asunto de discusión pública y ha sido integrada en declaraciones de derecho internacional, iniciativas de cooperación, leyes domésticas, políticas públicas y programas locales. Desde hace mucho tiempo las apreciaciones sobre el padecimiento psíquico fundamentadas en modelos biomédicos han sido retadas por activistas, líderes, voceros y académicos. Ellos afirman que los trastornos mentales y los traumas se insertan en escenarios históricos de desigualdad, discriminación, precariedad y violencia. Acciones como erradicar la pobreza; destruir la discriminación por género, raza, etnia, clase, orientación sexual, confesión y condición de salud; resolver los conflictos pacíficamente; acabar con toda expresión de violencia, y crear leyes justas y políticas públicas con enfoque de derechos humanos pueden mitigar los trastornos mentales.

La idea de que los trastornos mentales se ubican en un contexto socioeconómico y cultural específico ha sido retomada por instituciones como las Naciones Unidas. En un informe, el Relator Especial sobre el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel de salud física y mental sostuvo que era necesario comprender la salud mental como un derecho. La prevención, el tratamiento y la promoción de esta deben basarse en enfoques de derechos humanos que garanticen el bienestar de todas las personas. De acuerdo con el relator, es importante prestar atención a cómo la discriminación, la exclusión, la injusticia y la falta de garantías para el ejercicio de los derechos humanos explican los trastornos mentales. Este también afirmó que existen relaciones sociales que impactan negativamente la salud mental, como aquellas asociadas al colonialismo, el racismo y la esclavitud; la expropiación de la tierra y la explotación de recursos naturales; la subyugación de las mujeres y las violaciones a sus derechos sexuales y reproductivos; la opresión histórica de las comunidades lésbicas, gais, bisexuales, transgénero e intersexuales, y la negación de los derechos de las niñas, niños y adolescentes.

Algunas cifras presentadas por instituciones internacionales muestran que los pueblos indígenas tienden a padecer cada vez más los trastornos mentales. La información indica que, con respecto a la población mestiza, blanca y mayoritaria de cada país, ellos experimentan de modo más cruel la adicción, la depresión, la ansiedad y el estrés postraumático. Paralelamente, las interacciones entre hombres y mujeres indígenas, profesionales de la salud e instituciones médicas suelen ser más difíciles, puesto que el acceso a los servicios de atención y cuidado está permeado por la discriminación y la marginación. Esto hace que el derecho a la salud de los indígenas no pueda ser debidamente garantizado. De ahí que sean necesarias las políticas públicas de salud mental que involucren colaboraciones interculturales entre los saberes médicos indígenas, la psiquiatría y la psicología institucional, y los enfoques de derechos.

Según la Organización Panamericana de la Salud, el panorama de la salud mental entre los pueblos indígenas está siendo cada vez más desfavorable. En Australia, donde la expectativa de vida de las poblaciones indígenas es muy baja, existe un abuso muy elevado de drogas y alcohol. Estudios conducidos en poblaciones nativas del Ártico, como Alaska, Canadá, Groenlandia, Países Nórdicos y Rusia, resaltan la predominancia de las adicciones y el suicidio. Los indígenas de Estados Unidos también mueren por suicidio y pocas acciones estatales se han tomado al respecto.

Por su parte, los jóvenes indígenas de América Latina y el Caribe enfrentan mayor adversidad económica, violencia, discriminación, adicción, deserción escolar y problemas de salud mental. De la pobreza en México, la desnutrición en Guatemala, la alta incidencia de enfermedades infecciosas y mortalidad infantil en Argentina, Perú y Ecuador, el alcoholismo en Venezuela y el conflicto armado en Colombia también han emergido variados trastornos mentales en comunidades indígenas. Los pueblos indígenas de nuestra región cuestionan los modelos occidentales de la salud mental y demandan políticas interculturales de salud pública que traten los diversos sufrimientos, que integren médicos tradicionales a hospitales y clínicas y que involucren facilitadores culturales indígenas en programas de promoción del bienestar. Así pues, las comunidades indígenas aportan al tratamiento de los trastornos mentales.

Armonía, bienestar e interculturalidad: la salud mental desde perspectivas indígenas

Las comunidades indígenas no entienden la salud y la enfermedad como términos opuestos, y tampoco lo físico y lo mental —como sí sucede en los enfoques biomédicos—. En efecto, la aparición de trastornos mentales y enfermedades avisa que algo no está bien dentro del entorno que rodea al individuo, su cultura y su sistema de valores. La salud es una señal de que existe armonía entre la persona, la comunidad, la naturaleza y el mundo espiritual. Esto corresponde a la visión holística del mundo que tienen algunos pueblos indígenas. Por ejemplo, los cheyenne de los Estados Unidos conciben el mundo como sustentado en la interrelación entre los seres humanos, los animales y la naturaleza. Los ingas de Colombia también parten de esta interrelación, y subrayan la reciprocidad y complementariedad entre hombres, mujeres, el mundo natural y la espiritualidad.

Es importante afirmar que para algunos pueblos indígenas las fronteras que dividen la salud de la enfermedad y lo físico de lo mental son borrosas. De esta manera se distinguen de la ciencia médica noratlántica. En consecuencia, se crean escisiones entre epistemologías indígenas y occidentales relativas a los fenómenos médicos. Algunos líderes indígenas, de acuerdo con los derechos de sus comunidades a la autonomía, reivindican las prácticas médicas ancestrales. La puesta en marcha de los saberes médicos está ligada a la reproducción cultural de los pueblos indígenas; por este motivo, demandan protección estatal de sus sistemas de valores y creencias acerca de la salud. En varias ocasiones, los funcionarios estatales y los profesionales de la salud mental no se encuentran abiertos al diálogo con estos saberes, e imponen sus perspectivas sobre el trastorno mental y el tratamiento en las personas indígenas. Es así como la interacción entre los pacientes y los profesionales médicos se convierte en una verdadera «relación de poder».

Con la meta de desmontar las jerarquías entre las perspectivas biomédicas —occidentales, modernas y científicas— y los enfoques indígenas sobre la salud mental, algunas comunidades y sus voceros han propuesto dos soluciones. Una, reivindicar sus propias prácticas médicas. Y dos, impulsar diálogos interculturales entre comunidades, autoridades indígenas, profesionales de la salud mental y responsables de las políticas públicas para crear sistemas de salud regidos por el «pluralismo médico». El antropólogo Hans A. Baer conceptualiza el pluralismo médico como la totalidad de sistemas médicos —indígenas y no indígenas— que compiten uno con otro, pero que muchas veces exhiben relaciones de colaboración y cooperación mutua.

Las prácticas de tratamiento de los desórdenes mentales entre los pueblos indígenas hunden raíces en su propia cultura. Estas hacen parte de sistemas médicos complejos que reflejan su cosmovisión y que varían culturalmente. La identidad de los ingas del valle de Sibundoy se establece a través de la mediación entre los Andes y la selva amazónica y también se encuentra determinada por el uso de las plantas medicinales. Las plantas sirven para tratar dolencias físicas y psicológicas, y son empleadas para la pervivencia de los ingas en territorios urbanos y rurales. Los ingas también son reconocidos por el uso de la ayahuasca o «yagé». Por medio de la alteración de estados de conciencia y de interacciones entre el alma y el mundo natural en medio de rituales, los taitas yageceros contribuyen a la armonía, el bienestar y la salud mental de las personas.

Otros pueblos indígenas subrayan la importancia de crear puentes con actores que representan perspectivas distintas de la salud mental. Una manera de hacerlo es asumir que los enfoques biomédicos e indígenas no son excluyentes y que también pueden ser complementarios. En eventos de cooperación con la Organización Panamericana de la salud, que se llevaron a cabo en Washington en el año 2016, delegaciones de indígenas del noroeste de Canadá y Chile hablaron de la importancia del trabajo comunitario, las artes y el tejido para promover la salud mental. Estos sirven para reproducir las culturas indígenas en el tiempo y brindar bienestar a las personas. En el caso de Chile, el Ministerio de Salud comenzó a financiar programas y servicios de atención a los trastornos mentales en poblaciones indígenas teniendo en cuenta los diálogos interculturales entre funcionarios públicos, especialistas en salud pública y comunidades.

Además, en Bogotá se han implementado políticas de asistencia en salud para indígenas urbanos que incorporan alimentación y autocuidado. Dichas políticas suelen ser implementadas por los trabajadores de los cabildos, que pueden ser entendidos como instituciones de gobierno propio de los indígenas en Colombia. De las colaboraciones entre las comunidades indígenas bogotanas y las instituciones distritales emergió el proyecto de «canasta complementaria de alimentos» que intenta asegurar el ejercicio del derecho a la alimentación. Actualmente, este proyecto es ejecutado por las autoridades de los cabildos y los funcionarios de la Secretaría de Integración Social de Bogotá. En el Cabildo Inga de la capital, el programa se desarrolla en cabeza del taita gobernador, los alcaldes y los profesionales de la comunidad. Ellos otorgan cantidades fijas de alimento a las familias ingas y hacen capacitaciones enfocadas en el autocuidado en concordancia con sus saberes médicos. El cuidado propio y una alimentación balanceada aportan a la armonía y el bienestar de los ingas, y nos enseña la importancia de mantener equilibros en nuestras vidas.

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